Antonio Orlando Rodriguez, “Un paseo por la poesía latinoamericana para niños”.

Un paseo por la poesía latinoamericana para niños

Hace más de una década escribí con Sergio Andricaín una obra titulada Escuela y poesía. ¿Y qué hago con el poema? No entro en detalles sobre su contenido porque el título es bastante explícito. De ese libro quiero rescatar unas palabras del cineasta ruso Andrei Tarkovski, creador de obras maestras como Andrei Rubliov y Stalker, que utilizamos como pórtico. “Cuando hablo de poesía, no estoy pensando en un género”, decía Tarkovski. “La poesía es un estar despierto al mundo, un modo particular de relacionarse con la realidad. Así la poesía deviene filosofía que guía al hombre a lo largo de su existencia”.

Esa aseveración guarda una estrecha relación con unas palabras que aparecen en el prólogo que el poeta cubano Eliseo Diego escribió para su libro Por los extraños pueblos, que vio la luz en 1958. En él, dirigiéndose a sus tres hijos, entonces de corta edad, comenta: “¿Y para qué sirve un libro de poemas?, preguntarían ahora, obedientes, mis hijos. Servirá para atender, les respondería. Maestros mayores les dirán, en palabras más nobles o más bellas, qué es la poesía; básteles entretanto si les enseño que, para mí, es el acto de atender en toda su pureza. Sirvan entonces los poemas para ayudarnos a atender como nos ayudan el silencio o el cariño”.

Me pareció un buen punto de partida para estas semanas en que compartiremos información, opiniones y experiencias sobre una de las, a mi juicio, más atractivas áreas de la literatura para niños escrita en América Latina, recordar que la poesía es una actitud, una condición: una forma de ver, sentir y apreciar el mundo, que puede manifestarse a través de todas las expresiones del arte. La lírica (eso que, usualmente, denominamos “poesía”) es solamente una de ellas; quizás una de las más depuradas y sugestivas, pero en modo alguno la única. En honor a la justicia, una lista de grandes poetas podría incluir a artistas plásticos, compositores, coreógrafos, directores de cine y de teatro y, naturalmente, autores de narrativa y de versos.
La poesía es consustancial a los niños. Viven en estrecho contacto con ella y, sobre todo durante la primera infancia, alimenta su fantasía y su creatividad. Pero, tras los primeros y frecuentemente estrechos contactos con la poesía de tradición oral –que se producen a través de las rondas, las nanas, las rimas, los juegos de palabras, las adivinanzas y los trabalenguas–, su posterior relación con la poesía, ya en su vertiente escrita, se “enfría” y a menudo llega a volverse conflictiva.

La poesía creada y publicada en Latinoamérica para los niños tuvo en sus inicios, salvo contadas excepciones, un marcado carácter religioso y moralizante. He aquí un ejemplo considerado, a mediados del siglo XIX, del más excelente nivel de calidad:

Por Dios no jures; en vano
nunca su nombre se invoca;
al que lo sagrado toca
Dios le destruye la mano
y pone fuego en la boca.

Esta quintilla aparece en Lecciones de mundo, del cubano Teodoro Guerrero, obra declarada “texto forzoso de lectura para las islas de Cuba y Puerto Rico”. La gran escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda escribió una carta-prólogo para la edición en la que alababa cálidamente esta obra de su compatriota, aseverando que sus páginas “me parecen dignas,  por su unción religiosa y su moral purísima, de los ángeles terrestres para quienes han sido escritas”.

Las fábulas, sin abandonar los territorios de la moral, introdujeron las primeras pinceladas de humor e ingenio, amén de referencias a la fauna, la flora y las costumbres de Latinoamérica. Si en los libros de los niños los fabulistas de presencia más frecuente eran Iriarte o Samaniego, la aparición en 1817 de Fábulas del Pensador Mexicano, de José Fernández de Lizardi, o de las Fábulas morales, del cubano Francisco Javier Balmaseda, en 1860, representa una importante transición. Esas y otras colecciones de apólogos, sin apartarse del cariz moralizante, introducen, sin embargo, un color local y un reflejo de la idiosincrasia de los criollos del Nuevo Mundo que deben haber resultado muy atractivos para los pequeños lectores.
Poetas como el colombiano Rafael Pombo y el cubano José Martí son figuras clave en la evolución de la lírica para niños en el continente. Con Pombo, irrumpen el humor, la hipérbole, el absurdo y la libertad imaginativa, gracias a sus traducciones/reescrituras de lasNursery Rhymes de la tradición anglosajona que hizo en los años 1860 a solicitud de una editorial estadounidense, y que se publicaron como Cuentos pintados y Cuentos morales para niños formales. La poesía para niños de Martí, difundida a través de la revista La Edad de Oro, que se editó en Nueva York en 1889 y circuló por diversas naciones de América Latina, busca otro tipo de comunicación con el lector, recurre a la sugerencia, rehúye lo explícito y entrega imágenes de gran belleza y sensorialidad. Su cuento en verso “Los zapaticos de rosa”, escrito en redondillas, es un ejemplo de alta poesía dirigida a los niños.

La breve selección de textos poéticos que preparé para la Maestría propone un recorrido por autores y obras significativas, en su gran mayoría del siglo XX. Intenté conformar una suerte de panorama que permitiera, a quienes no son muy conocedores de esta materia, tener un contacto inicial con poetas importantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, El Salvador, México, Guatemala, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. El poema de la autora brasileña Cecília Meireles está en portugués, pero no creo que eso les impida disfrutarlo. Además, tuve una razón adicional para incluirlo: es uno de mis grandes favoritos y quería compartirlo con ustedes.

Antes de que alguien se adelante y me haga la observación, quiero dejar constancia de que no es un capricho ni una expresión de chovinismo que la poesía para niños escrita en Cuba sea la que goce de una mayor representación en la muestra que les propongo. Sobre las razones que lo justifican podremos charlar en el foro, aunque pienso que las principales saltan a la vista solo con leer los textos escogidos de autores como Mirta Aguirre, David Chericián o Aramís Quintero.

Aclaro que la treintena de composiciones escogidas distan mucho de ser una antología. En todo caso, como dijo Juan Ramón Jiménez,  conformarían una antojolía. Pero no, hablando en serio: intenté elegir poemas que ilustraran tendencias, peculiaridades y caminos disímiles, que brindan una idea de la extraordinaria riqueza del corpus que nos ocupa. Fue una labor difícil, muchos textos y creadores que me hubiese encantado darles a leer quedaron fuera, pero quizás haya oportunidad de compartirlos en el transcurso de nuestros encuentros.

Los poemas más antiguos que aparecen en la selección son “Solidaridad”, del mexicano Amado Nervo, publicado en Cantos escolares, de 1908. Y, fechado en ese mismo año, el cuento versificado “A Margarita Debayle”, del nicaragüense Rubén Darío. El primero de ellos es representativo de nuevas tendencias que, en su momento, marcan una transición al tomar al niño como sujeto lírico e introdujeron en los poemas frescura, inocencia, imaginación, juego y alegría de vivir, elementos cercanos a su universo. El texto de Darío, quintaesencia del modernismo, nos recuerda que la evolución histórica de la poesía para niños no debería analizarse sin relacionarla con los grandes movimientos de la “poesía para adultos” (modernismo, vanguardia, poesía negrista, poesía social, coloquialismo, etc.) El poema más reciente que aparece en la propuesta de lecturas proviene del libro Tigres de la otra noche, de la mexicana María García Esperón, un buen exponente de los nuevos caminos que está transitando una parte de la poesía que se hace para los niños en este lado del mundo.

Confío en que la lectura, el análisis y el debate de estos textos contribuya, por una parte, a constatar la riqueza estilística y temática de esta zona de las letras para niños y, por otra, a tomar conciencia de la necesidad de estudiarla e investigarla, pues aún queda mucho por descubrir o revalorizar.

Por último, sin ánimo de proponer una bibliografía con todas las de la ley, quiero sugerirles a quienes se queden con deseos de más, la lectura de algunas antologías que me han sido de utilidad durante los no quiero ni decir cuántos años que llevo estudiando la literatura infantil latinoamericana. Los dos tomos de la Historia y antología de la literatura infantil iberoamericana, de la española Carmen Bravo Villasante (Madrid: Doncel, 1964) son de consulta imprescindible. Bastante difícil de encontrar, pero muy renovadora en sus presupuestos, es Versos de a montón (México: Terra Nova, 1983), de la argentina Esther Jacob. Me gusta mucho Si ves un monte de espuma y otros poemas (Madrid: Anaya, 2000), de la española Ana Garralón, porque no cae en el error de repetir los mismos poemas de siempre, y también por las hermosas ilustraciones de Teresa Novoa, que son poesía de la mejor en sí mismas.

Otra selección que vale la pena revisar es Cultivo una rosa blanca, del costarricense Alfonso Chase (San José: Editorial Costa Rica, 1988). Pájaroflor (Montevideo: AULI, 1990), de la uruguaya Sylvia Puentes de Oyenard, y Poemas escogidos para niños (Ciudad de Guatemala: Piedra Santa, 1987), del guatemalteco Francisco Morales Santos, también contienen material de interés. Arco iris de poesía  (Nueva York: Lectorum, 2009), de Sergio Andricaín, trae poemas de todos los países de habla hispana del continente.

El libro que les mencionaba al inicio, Escuela y poesía (Bogotá: Magisterio, 1997; Buenos Aires: Lugar Editorial, 2003), trae una muestra bastante amplia de obras de creadores latinoamericanos. A principios de los 1990, para una colección de libros que publicó la Oficina Subregional de Educación de la Unesco para Costa Rica y Panamá, confeccioné junto con Sergio Andricaín y Flora Marín de Sásá una muy amplia antología titulada Versos para colorear el mundo (San José: UNESCO, 1993). Esta obra no se comercializó, pero podrían dar con ella en bibliotecas o centros de documentación de universidades o de las representaciones de IBBY en sus países.

También vale la pena que busquen antologías y selecciones centradas en la producción de un país específico. Las hay muy buenas, como Antología de la poesía colombiana para niños(Bogotá: Alfaguara, 2000), de Beatriz Helena Robledo; Isla de versos. Poesía cubana para niños, de Sergio Andricaín (Bogotá: Magisterio, 1999), o A la una la luna. Poesía venezolana para niños (Caracas: Editorial Ex-Libris, 2007), de María Elena Maggi, por solo citar tres ejemplos.

Y nada más… por el momento.

Selecció preparada per Antonio Orlando Rodríguez