Gustavo Bombini llegeix Alícia en terra de meravelles de Lewis Carroll

Leer un clásico: Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll

 

Vamos a leer un clásico y por cierto esta es una situación más que interesante. Por una parte porque esta situación de lectura compartida supone el desafío de poder leer y escribir nuestras lecturas para compartirlas, aquí, en el espacio virtual y, por otra parte, porque vamos a leer un tipo de texto sobre el cual las culturas ponen muchas expectativas: los clásicos, “textos para ser leídos en clase”, se puede definir desde la etimología, y en este punto estamos ratificando ese sentido: estas lecturas comentadas virtuales son como una clase, diría una clase participativa, una clase que será construida a partir de las intervenciones de todos. “Textos para ser leídos en clase” dice poco sobre lo que queremos poner en juego en este espacio. Podríamos decir que cualquier texto, en definitiva, podría convertirse en un texto para ser leído en clase. Pero sin duda que ese sentido etimológico debe ser potenciado para decir que esos textos que se vienen leyendo en clase desde hace muchas décadas, desde hace algunos siglos, son textos que una cultura ha decido valorizar, ha decido conservar pero esto ocurre no por un mero capricho conservador sino porque estos textos que se han venido leyendo y se siguen leyendo en clase pero también más allá de las clases, son textos que muestras su productividad. Textos que promueven nuevas lecturas y nuevas escrituras, textos que mueven a seguir leyendo y a seguir escribiendo. Y en este punto la invitación a este espacio es la invitación a ver en acto esa potencia de la lectura que promueve diversidad de lecturas y diversidad de escrituras. Y cuando decimos lecturas, decimos, la posibilidad de seguir construyendo sentidos, de que lo que Alicia pone en juego en la superficie de su texto (y por qué no de sus imágenes) múltiples posibilidades de significación y esta parece ser una de las mejores cualidades de un clásico o quizá, de manera más general, de un buen texto literario.

 

Sobre el joven profesor de matemáticas de la Universidad de Oxford, Charles Lutwidge Dogson, conocido para siempre como Lewis Carroll, hay mucho que ya sabemos, datos que se reiteran en biografías y prólogos. Sobre su particular amistad con las niñas, sobre todo con Alicia Liddell, hija del decano del Christ Church College of Oxford, obvia inspiradora y destinataria primera de los relatos que configuran ese país de maravillas. Carroll, mejor fotógrafo de niñas de su época, investigador del pensamiento lógico y de sus sentidos lúdicos, era capaz de entretener a grupos de niñas a quienes buscaba para establecer su amistad con improvisados relatos orales de imaginación prodigiosa.

 

También, y más allá de la otra Alicia (A través del espejo y lo que Alicia encontró Allí) y del admirado poema surrealista La caza del Snark, Carroll, era un profuso escritor de correspondencia, en una época en que esta forma de comunicación ocupaba un lugar muy importante en la vida de la gente. El propio Carroll ordenaba sus cartas enviadas y

recibidas en una especie de catálogo parecido a lo que hoy sería una base de datos (con información sobre fechas de envío, de respuesta y breve resumen del contenido) que llegó a sumar unas 50.000. Carroll decía, exagerando, “Una tercera parte de mi vida parece irse en recibir cartas, y las otras dos terceras partes en contestarlas”.

 

El impacto de la obra, o mejor podríamos decir, del mundo de Lewis Carroll hasta hoy es enorme. Su obra fue traducida a XXX idiomas y sus ficciones y personajes han dado lugar a cantidad de otros productos culturales que van desde adaptaciones al cine, incluyendo las más criticables de la empresa Disney, a los más variados productos como estatuas, prendedores, escarapelas, muñecos de todo tipo de material, estuches, piezas de ajedrez, mazos de naipes, juegos de té, afiches, remeras y muchos otros objetos en los que las imágenes de Alicia, de Humpty Dumpty, el Sombrero Loco y otros personajes son protagonistas universales reconocidos por numerosas generaciones. Dentro del campo de la propia literatura, de la crítica literaria, así como también de la filosofía, las remisiones, alusiones, análisis, referencias, a la obra de Carroll son infinitas y constantes.

 

Ha sido Jorge Luis Borges, ferviente admirador de la obra del Carroll, quien en un breve prólogo, comparó al escritor inglés, con Cervantes. Borges destaca la melancolía con la que Carroll parece despedirse de sus personajes (“los sueños queridos que poblaron su soledad”) y la compara con el modo en que Miguel de Cervantes se despide “para

siempre de su amigo y de nuestro amigo” –dice Borges- Alonso Quijano.

 

Es en el juego especular de las invenciones, por donde los lectores transitamos a los grandes clásicos, esos textos que además de generar nuevas lecturas y escrituras, como ya hemos dicho, generan e instalan definitivamente mundos posibles incorporados para siempre a nuestra vida y a nuestro modo de pensar y de imaginar el mundo.