Verónica Murguía llegeix Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain

¿Por qué Las aventuras de Huckleberry Finn?

Hay muchas razones, pero las más importantes son el gozo, la alegría, la astucia literaria y la mirada aguda con las que fue escrito este libro. Es una obra maestra.

Además, su sola existencia pone en jaque muchos de los prejuicios que existen acerca de la literatura juvenil. Huckleberry Finn es una novela escrita por un gran humorista en el momento de mayor lucidez y destreza. Mark Twain estaba en la plenitud de su vida y de su inteligencia literaria, la novela había sido concebida hacía años y su escritura se había interrumpido varias veces. En el dilatado proceso de fermentación de los personajes y sus circunstancias, Twain logró un retrato despiadado y amoroso de su país. ¿Cómo hablar del dolor sin patetismo, de la esclavitud sin moralina, de la amistad sin caer en lugares comunes? Tal vez el recurso del humor inteligente sea la clave.

En este libro se reúnen, con rara fortuna, la crítica social, el dibujo preciso del paisaje —ese rasgo tan norteamericano, tan brioso en el autor que nos ocupa—, la risa y la ternura. Además, aunque no seremos capaces de apreciar esta peculiaridad pues lo leeremos en castellano, Mark Twain reprodujo con fidelidad cuatro formas de hablar, varios dialectos regionales de distintas zonas del Mississippi, decisión que fue criticada por las buenas conciencias de su tiempo, pues recrear el habla popular era considerado una falta de gusto imperdonable. Ya veremos cómo Huckleberry ha sido un libro incómodo desde el primer día en que vio la luz, y siempre por razones distintas, ya que cada época padece una versión propia de hipocresía. En la nuestra, en la que la intolerancia suele disfrazarse de legalismo, en la que el racismo se esconde detrás de la corrección política en el lenguaje, Las aventurasde Huckleberry Finn ha sido expulsado de la currícula de varias universidades norteamericanas por racista. Esta acusación se debe más a la corrección política que al contenido del libro. En la tertulia analizaremos la mirada compasiva y descarnada con la que Twain consideró la esclavitud y la guerra en Estados Unidos, así como el papel decisivo que jugó en la denuncia a las condiciones inhumanas que prevalecían en el Congo belga. Desde sus artículos periodísticos y en conferencias, Twain emprendió la defensa de la población negra del Congo y manifestó su repudio por la figura del esperpéntico rey Leopoldo. También analizaremos algunos de los malos entendidos que hay alrededor de la novela. Es un clásico, tal y como su autor definía a los clásicos: “un libro del que todos hablan y que nadie ha leído”.

Ernest Hemingway dijo que Huckleberry Finn es, sin duda, el padre fecundísimo de la novela norteamericana. También fue leído con devoción por T. S. Eliot, por William Faulkner y alabado por poetas y novelistas de raza negra, como Langston Hughes. Su lectura es indispensable.

Huckleberry Finn 

Fue Mark Twain quien dijo que un clásico es un libro del que todo el mundo habla y nadie lee. Huckleberry ya es un clásico, y a pesar de los problemas que ha tenido desde el día mismo de su publicación, pocas novelas han podido, como ésta, suscitar el interés de los escritores. La lista de novelistas y poetas devotos de Huckleberry es tan larga como ilustre: Saul Bellow, T.S. Eliot, Ralph Ellison, William Faulkner, Fitzgerald, Hemingway —quien dijo que Huck es el padre de toda la novela norteamericana— y JD Salinger son algunos nombres — y sólo norteamericanos. A pesar de las sucesivas acusaciones de racismo que el libro ha padecido, el novelista negro Ralph Ellison escribió en un ensayo titulado ¿Cómo serían los Estados Unidos sin los negros? que “Twain supo celebrar la forma negra de hablar inglés: sus cadencias, su ritmo, la libérrima dicción y sus metáforas…” “Sin la presencia de los negros, este libro no podría haber sido escrito, y la novela norteamericana, tal y como la conocemos, no existiría tampoco.”

Cuando Mark Twain decidió darle la voz en primera persona a este muchacho de catorce años, no sólo dio voz a los semianalfabetos, como lo hiciera antes Cervantes con Sancho, sino que también como Cervantes, y en franco desafío de las convenciones de su época, amplió el rango de las clases sociales que podían aparecer en una novela. A Huckleberry, siglos después de la publicación del Quijote, se le harían las mismas acusaciones que en su momento padeció Cervantes: la idea de que el habla coloquial no merece ser impresa, mucho menos en un trabajo literario.

Ahora bien, así como los escritores —con la cursilísima excepción de Louise May Alcott en su momento, quien se lanzó contra Twain por “el mal gusto que abunda en la obra”— se han dedicado a la lectura y estudio del libro con una intensidad que casi no conoce paralelo en la historia literaria de Estados Unidos, así la censura se ha cebado en él.  Antes, por la cuestión del mal gusto en la elección del personaje principal (quien equivaldría ahora a un niño de la calle), o debería decir personajes, pues son dos; los malos modales,  y en resumen, por la visión descarnada y satírica de una sociedad tan hipócrita como cualquiera. Un negro que acompañaba a un muchacho fugitivo y pobre, un elenco que aparecía sin maquillaje, un amplio diorama que presentaba la abigarrada sociedad norteamericana con sus horrores y sus brillos, era demasiado para las buenas conciencias de la época.

Ahora es la acusación de racismo, que en su época no tenía lugar, (lo más que se podía decir de la novela en este aspecto es que Jim era tratado con demasiada afabilidad, y la esclavitud con mucha dureza). Por cierto, uno de los críticos más acerbos de la esclavitud, y de la situación en el Congo belga, la rapacería del rey Leopoldo, fue Mark Twain, quien lo fustigó desde las páginas de cuanta publicación tuviera a la mano, abogando por los derechos de los esclavos, de los negros, denunciando las crueldades que se cometían en las factorías , etcétera.

Ahora, en un giro irónico y absurdo, que hubiera entristecido al autor, Huckleberry está prohibido  en los campuses más políticamente correctos de los Estados unidos y sigue en la primera línea de la discusión, lo que revela hasta qué punto es vigente. La palabra niggerno tenía entonces las connotaciones que ahora suscita: es más potente ahora que entonces, aun cuando se le eufemice — le llaman the N word.

Lo que comenzó como un rapto creativo en 1876 para el genial Twain se convirtió en un ciclo de ocho años. Fue tan arduo el trabajo que en ciertos momentos tuvo dudas de si debería continuar o quemar todo el montón de páginas. Esta novela es un libro que debería ser parte de la enseñanza en todo el mundo (quien lo haya leído quizás opine como yo), pues en realidad el negro Jim es el mejor y más inteligente personaje. Sus apabullantes circunstancias están relatadas con gran ecuanimidad, cuando no con un humor delicioso. Y sin embargo, ya vemos cuál es su situación. ¿Por qué? Porque el mediador se ha convertido en censor.

Al final del libro Huck dice: “Si yo hubiera sabido qué problema es escribir un libro, no lo hubiera escrito y bien que me hubiera librado de todo esto. Nunca lo vuelco a hacer”.